sábado, 20 de septiembre de 2014

Capitulo 1º Octubre 2006 El viaje de Francesca

                       La Millonaria

       Violeta Velasco.
todos los derechos reservados.
        -  LITERATURA PARA ADULTOS -



Capitulo 1º Octubre 2006
El viaje de Francesca.

    Se bajó en el andén número 23. Tenía las piernas entumecidas y un temblor general producido por las ocho horas de viaje que llevaba a cuestas, gracias a las ruedas de su maleta azul y el asa, pudo transportar todo lo que poseía en la vida hasta los aseos más cercanos de la concurrida estación de Atocha, en Madrid.
 Se miró en el largo espejo que sobre diez lavabos se extendía y se sintió pequeña; a pesar de ser una mujer alta, de hombros anchos aunque caderas estrechas. Sin dejar de mirarse, con un acto mecánico abrió la cremallera del pequeño neceser que se transportaba solo sobre la maleta como un parasito. Sacó una toallita y un cepillo al que le faltaba el mango, y se dispuso a desenredar la larga cabellera rojiza que como una maraña le envolvía la cabeza.
 Orinó. Se aseó con unas toallitas húmedas que siempre llevaba. Una mujer con una niña de unos 9 años entró; llevaba un vestido azul de terciopelo y unos zapatitos de charol que valían más que toda la maleta de ella, la niña miraba asombrada el escaparate de cepillos, toallas, o sujetadores de pelo que tenia extendidos sobre el lavabo.  
 Francesca se sintió intimidada, comenzó a recoger lentamente sus objetos personales bajo la atenta mirada de la niña:
-          Ángela, ¡te he dicho muchas veces que es de mala educación mirar a las personas así!- Al fin habló su madre.
-          ¿Por qué se lava aquí, mamá? ¿es que no tiene casa?
-          Son mendigos, los mendigos llevan la casa a cuestas...
 Y le explicó a su hija la vida de un mendigo ignorando a Francesca, como si no existiera. Cuando salieron y quedó el silencio Francesca se volvió a mirar, se acercó al espejo, repasó su rostro como si no se reconociera, se retiró y se giró observando su figura; todo lo que tenía ante sus ojos era lo que le quedaba en la vida. Volvió a meter cada cosa en su hueco y salió al pasillo central de la gran estación, la gente iba tan deprisa en todas direcciones que no sabía cuál camino tomar. Tomó a la derecha y comenzó a caminar, las ruedas de su maleta iban contando en voz alta las losas que recorría; llegó al extremo de la derecha que había decidido, era la entrada de los autobuses, se giró a la izquierda y comenzó a desandar y descontar las losas andadas.
 Ya afuera de la estación volvía a tener el mismo y único dilema; ¿hacia dónde?
  Tenía toda la tarde para buscar un sitio para dormir, sabía que si tenía buena presencia todo sería más fácil  por esto parecía una marquesa cuando quería, su expresión arrogante y altanera y su aspecto limpio la harían parecer una dama; si no fuera por la maleta que recogió en la vieja pensión de La Junquera  “olvidada” de aquel huésped;  tuvo que hacerlo, él se había llevado la suya. Maldita noche que tuvo que pasar allí para tomar otro autobús hasta Madrid. Aunque esto era algo que apartaba continuamente de su mente para poder seguir, para sobrevivir; Su mala suerte siempre la perseguía; en el forro de la maleta iba todo su dinero, aunque el ladrón quizás tampoco lo sabía. Sólo necesitaba una maleta más grande y en un descuido de Svara mientras se duchaba se la cambió por la suya.
  Apenas le quedaban unos cientos de euros, quizás  novecientos, y en aquella ciudad novecientos pavos no daban para mucho.
Tenía que buscar un sitio y después encontrar trabajo, había escarmentado de haber  decidido en varias ocasiones dormir en antros para ahorrarse unos euros, y además, en esta ciudad quería ser otra cosa; tenía su futuro para ser lo que quisiera, su pasado se había esfumado  y el presente era lo más importante que tenía en estos momentos; podía ser ella misma y lo era.
    Aunque sabía  que no podía vivir en el centro si lo haría en la periferia, y así tendría mejor acceso al trabajo. Decidió tomar una de las transversales  y se encaminó por una avenida repleta de escaparates que endiablados ofrecían placeres; bolsos, zapatos y botines con cordones de piel, siempre deseó tener unos, pastelerías, joyerías con oro blanco, su preferido, salones de belleza a los que entraban mujeres más feas que ella y salían como la mismísima Reina de Java. Francesca sabía que todo lo conseguía el dinero, ahora sólo tenía un problema, o todos los problemas se resumían en uno; dinero.
 Llevaba toda la vida intentando sobrevivir, incluso a veces progresar, pero te ha de acompañar la suerte y ella no la había tenido  más que en el momento de nacer; la naturaleza la dotó con un físico impactante y una inteligencia que a veces la maltrataba. Había crecido en la injusticia dura de una guerra, vio a sus vecinos matar al que hasta ayer había sido  un amigo, había visto morir mucha gente en nombre de la justicia de los hombres, de Dios, de las ideologías y los egos, guerras creadas con ansias de protagonismo, guerras todas envueltas en papel moneda, teñidas de  rojo, y bañadas de lágrimas y sufrimientos. Desde luego que Svara se había convertido en una mujer de ideas claras y muy fijas, y con un destino que tuvo que marcar ella, sola.  Pero había escapado, su familia fue extinguiéndose como una raza; ella era la especie protegida.
Protegida porque había conseguido salir ilesa,  y después, ilegal e ilusionada seguía luchando día tras día por su vida.  Cuando llegó a Italia con 14 años en 1994 y había pasado la frontera a bordo de un gran camión cargado de suela de zapatos, que la llevo de viaje por un alto precio, aunque era una ilegal en el país se sentía libre; libre de morir, y empezó a ver las cosas distintas. Durante doce años se prostituyó en la frontera con Francia, en el punto donde más afluencia de clientes había; Las 20 millas.
Aprendió el idioma y se cambió el nombre por uno más popular; Francesca. No debía llamarse Svara, casi nadie sabía decirlo, y además por respeto a su madre que se lo puso.
 En el fondo se sentía manchada; tenía un amigo que la quería tanto que la invitaba a cenar cada noche, después la llevaba a la zona donde vendía su cuerpo, el que éste  adoraba y alimenta. Svara podría haberse dejado querer por este hombre que la amaba, pero estaba endurecida, llevaba demasiado tiempo haciendo planes a solas, no necesitaba a nadie  o así lo sentía, quería estar sola. A pesar de las dificultades trabajaba para ahorrar y empezar una vida nueva, para eso tenía  que ahorrar, y durante cinco años lo hizo. Vivía en una casa de dos plantas de altura pero con menos de cuatro metros de fachada; todo el mobiliario era  alargado o no cabía; las puertas, las ventanas, las escaleras, la mesa; todo era rectangular .Su exterior y sus marcos, ventanas y puertas  en ese azul cobalto  que la hacían distinguirse del resto de otros colores a lo largo de la calle, esa calle que atravesaba todas las madrugadas con su sueldo en el bolsillo. Pero eso había quedado atrás, ahora podía ser Svara otra vez y a la primera persona que le preguntara su nombre en esa ciudad le diría llamarse Svara Krasento, nacida en Yugoslavia el 12 de agosto 1979.
Metida en sus pensamientos llegó a una circular y poderosamente un edificio le llamó la atención; haciendo esquina en chaflán, un gran cartel; Se alquilan habitaciones.  Lo miró, detenidamente; de fachada de ladrillo beige tenía cuatro plantas y en todos los balcones adornaban las mismas cortinas de encaje, parecía cuidado, sobre la puerta de entrada grande de dos metros, otro cartel que decía; "La Hospitalidad Sra. Andersen”. Podría ser su casa, de momento.
   Entró sin vacilaciones y con paso seguro, como realmente era ella;
- Buenas tardes, ¿acaba de llegar de viaje? - dijo la amabilidad de la Sr Andersen
- ¡Oh!, sí, de un largo viaje,... desearía tomar  una habitación con  baño, voy a quedarme unos días en la ciudad
- Pues tengo lo que busca señora - y se giró a por la llave del mueble de teka y los documentos de ingreso.
 Era la primera vez que la llamaban “señora” hacía tres horas la habían confundido con una mendiga, esto le hizo ver que estaba en una gran ciudad donde todo era posible
       -Me permite su pasaporte... ¿señora?
       - Krasento,  Svara Krasento     
 La señora Andersen hablaba en voz alta todo lo que escribía, no sabía que estaba participando en un momento muy importante; estaba escribiendo el principio de una nueva historia.
-          Bien, hoy es 15 de octubre de 2006,...
A Svara le pareció sueño hecho realidad.



Capítulo 6 - 1 ª semana de Marzo 2007 Tour Valencia nº 720



-          Buenas noches, mi nombre es Svara y os voy a acompañar en este viaje de placer. Haré todo lo posible para que tengáis fantásticos orgasmos, y que nunca lo olvidéis. Nos dirigimos a la comunidad autónoma de valencia, y en este tour recorreremos unos lugares excitantes y discretos sobre diosas gordas, enormes, con culos de escándalo y pechos como ánforas – todos aplaudían - No son establecimientos abiertos al público, sólo se accede por invitación, así que aunque desearan venir otro día, nunca les abrirían. Con esto, quiero transmitirles la sensación absoluta de privacidad y alto secreto, con el que tratamos a nuestros clientes y la forma de protegernos con los espectáculos que contratamos. Tenemos dos horas de viaje hasta la próxima parada de descanso, que será en Cuenca, pónganse cómodos por favor, ya saben que disfrutan de los dos asientos por persona para su máxima comodidad. Si desean tomar alguna cosa; refresco, snacks, etc., presione el botón rojo que hay sobre sus cabezas y yo se lo serviré de inmediato. Ahora disfrutaremos de una película que se rodó hace un tiempo, y aunque no llegó a ser muy reconocida es extremadamente buena y con un final inesperado, la protagonista tras un accidente comienza a engordar hasta el punto de que en un año sobrepaso los 110 kilos, y su novio con el que se casaba en un mes...
-          Ah, sí, ¡es buenísima!, ¡sé de qué película hablas Svara!- dijo el pasajero de la primera fila- ¿es polaca verdad?
-          Sí, exacto, es una producción polaca, y solo se hizo una versión en inglés, que es la que veremos a continuación.
 Svara les hablaba en francés por comodidad esta vez de todo el grupo, ya que provenían de distintas ciudades galas. Se sentó en la primera fila de asientos que era la del guía y durmió durante 4 horas. El autobús hizo su parada en Cuenca de 45 minutos, los clientes bajaron solos a tomar café y estirar las piernas en el área de servicio y cuando ya era la hora de arrancar, Svara levantó la cabeza y vio el desfile de personas que subían, estaba confundida, somnolienta y enferma. Se incorporó en el asiento, y miró al chofer.
-          Nadie quiso despertarte, no te necesitaban para tomar café.- respondió este a su mirada
-          Pues deberías de haberlo hecho tú, esto es vergonzoso, no sé cómo has podido hacerme esto Javier, ya hablaremos.
 Estaba avergonzada, estaba enfadada, ahora tendrían que esperar por ella, pues tenía una necesidad absoluta de entrar al servicio de la gasolinera, orinar y lavarse la cara. Pidió un café largo para llevar antes de entrar al aseo y cuando salió casi corriendo lo recogió de la barra pago 2 € y dejó el cambio. Svara estaba enferma, se encontraba mal y aquello no mejoraba. Se atiborró a pastillas del botiquín del bus, con la intención de acelerar su recuperación, pero poco sabia de farmacopea ni formulas magistrales, mucho menos de contraindicaciones y advertencias sobre el uso simultaneo con otros fármacos. Svara, sólo pensaba en su recuperación, estar enferma era ser vulnerable, indefensa, y eso nunca se lo pudo consentir.
 Volvió a coger el micrófono cuando llevaban apenas cinco kilómetros, y poniéndose de pie mirando a los clientes, y paseando por el pasillo del bus, continuó trabajando.
-          Hola de nuevo, ante todo mis disculpas por no haber estado con vosotros en esta parada, no sabía que estaba tan cansada, gracias por vuestra amabilidad y empatía, sois un amor.- les hablaba cariñosamente en francés.
 Todos sonreían y aplaudían, era el comienzo de algo bueno y lo sabían, ella estaba en pie y eso era lo importante, a fin de cuentas ¿Quién no ha dormido alguna vez de más?
-          Bien, a las 4 a.m. nos esperan en the golden fat, una casa en las afueras de estilo griego con piscina, árboles frutales en sus jardines, varios jacuzzi, y muchas cosas más. Aquí, os recibirán 16 diosas que pesan más de dos toneladas,- todos rieron- Sí, sí, reíd, pero hay una bascula en la que se puede comprobar, os podréis pesar con ellas –  jaleaban entusiasmados como niños  que van al circo- En el paquete que os dimos en la oficina, lleváis distintas caretas, mascaras, antifaces, para que los utilicéis cada vez que bajemos del autobús si así os sentís mejor. En algunos locales estaremos solos, pero en otros más grandes como “El Castillo del Sexo” al que vamos a menudo con grupos más grandes, os podréis encontrar hasta cien personas, o más. Esto ya lo sabéis, es la clausula IX del contrato. Estamos a media hora de viaje, disfrútenlos como más les apetezca.
 El grupo de 8 personas, todos hombres esta vez, había sido contactado a través de internet. De manera muy privada y con acceso restringido a socios, Antonio publicaba semanalmente rutas de sexo por España. Discretas, fiables, de grupos muy reducidos y todos con la misma fantasía sexual, así que pronto se convertía en un grupo homogéneo que compartía grandes afinidades sin darse cuenta, el buen rollo reinaba entre ellos siempre, o casi siempre.
 Cuando paró el motor del autobús, el silencio se hizo notar realmente; todos iban callados, expectantes, excitados. Cada uno escogió su máscara, se miraban unos a otros copiando el modelo, o riéndose tímidamente del resultado que había quedado en las pintas de alguien. Estaban dentro del recinto privado de la casa, The golden fat y las 16 diosas con vestidos de seda largos y un diseño al más puro estilo griego, le esperaban bajo las columnas del porche de la gran casa.  
 Las luces que las iluminaban en esa noche oscura hacia un arcoíris con todas las lentejuelas que llevaban en el escote, cada una de un color, de un matiz de un diseño distinto; 15 diosas que pesaban más de dos mil kilos.
 No había presentaciones, Svara los acompañaba hacia el Olimpo y los dejaba allí, por respeto a ellos, para que se sintieran menos vigilados, juzgados, etiquetados, los dejaba libres con sus fantasías.
 Conforme iban llegando a la escalinata de cuatro o cinco escalones que subía al gran porche iluminado, dos diosas los manseaban, besaban y acompañaban de los brazos dentro.
 En estos eventos, no se hacían actos que llamara la atención sobre el grupo; como recibimientos con aplausos y champán, collares hawaianos, penes de látex o cosas similares, cada trió se iba a consumir a la barra por separado, y cada cual realizaba su fantasía de manera individual, como si de una discoteca cualquiera se tratara. En muchas ocasiones se intercambiaban las diosas, cuando una vez dentro saltaba el feeling de un lado a otro del lugar de encuentro. Estaba comprobado ya por estadística, que esta era la mejor manera de hacerlo.
 André era un hombre flaco, de hombros enjutos. Llevaba unas gafas circulares que en su media nariz te recordaban a Jon lennon. Svara era muy observadora y le despertaba mucha curiosidad este cliente, denotaba confianza y alta autoestima, seguro que era alguien importante, observó el surco que le había dejado el anillo de boda en su dedo anular, seguramente andaría escondido en algún lugar.  
 Cuando se hacían socios, al inscribirse debían de facilitar sus datos y para entrar en cualquier oferta semanal, simplemente se inscribían con un numero de serie y realizaban ingreso directo en cuenta corriente de Bussex, la agencia de Antonio; más privacidad no podían ofrecer a sus fantasiosos clientes. Pero iba más allá; después cada cual funcionaba con un pseudónimo que lo protegía. Desde luego que Antonio se lo montaba muy bien, esto le había costado muchas horas de trabajo en internet, demasiados viajes y entrevistas clandestinas antes de contratar algún evento, y sumergirse en ocasiones en aguas con fondos no muy transparentes; andaba siempre en el filo de la ilegalidad, de la humillación, del maltrato, pero siempre al límite.  Encontrar una masía en la que te ofrecen espectáculos de sexo entre minusválidos, e incluso poder fornicar con ellos en un escenario giratorio frente a los demás viajeros, no estaba al alcance de cualquiera, y estas diosas minusválidas lo hacían como algo puntual en sus vidas, que le aportaba una buena cantidad, todos allí estaban escondiendo algo; era perfecto.
André se apoderó de sus mujeres y se retiró del resto saliendo al jardín frutal. Las llevaba agarradas de sus gruesas caderas, y las acercaba a un árbol u otro para que fueran recogiendo frutos; peras, manzanas, naranjas... las iba magreando, tocando sus enormes tetazas, ellas se abrazaban y lo comprimían en medio y se volvía loco. Vio al frente una mesa  con un mantel blanco y gente alrededor, se dirigió hacia allí con sus dos diosas. La gran mesa alargada de 5 metros, que quedaba en el jardín que daba acceso a la piscina iluminada de azul cobalto, era un expósitos de comidas gourmet, delicatesen, tonterías caras y lujuriosas, como unos bol en acero inoxidable hasta el borde de caviar, fresas bañadas en chocolate negro suizo, mermeladas de todo lo imaginable, tablas con los más nuevos y sabrosos quesos, el mejor jamón de bellota, frutos secos, nueces, almendras, uvas pasas, cocteles de marisco, langostas y centollos vivos, jarras de vino, cocteles de champán, sidra verdaderamente asturiana, la mesa se salía de comida que iba reponiéndose continuamente, pues dar de comer a sus gordas antes durante y después del sexo, formaba parte de sus mas intimas fantasías sexuales; todos disfrutaban, los hombres y las diosas gordas.
 Habían pasado cuatro horas y los clientes no salían, estaba acostada en el autobús y sentía que no podía volver a levantarse, otra vez no. Pero lo hizo.
 Se abrigó bien y bajó del autobús. Al entrar en la gran mansión, se sorprendió; desde afuera no imaginaba tal lujo.  
 Todo era estilo griego, estatuas, mármoles, fuentes, aquello se pasaba de rosca, era como sumergirse en otro siglo. Buscó la zona habilitada a cafetería y barra y pidió al barman un café con leche bien cargado, sacó sus dos pastillas del bolsillo, y ya estaba lista para otras cuatro o cinco horas. Con una copa grande de agua mineral salió al jardín en el que se encontraban disfrutando sus clientes, los fue repasando uno a uno, como la maestra en clase, y le faltaba uno; André. Intentó contar a las gordas pero sus vestidos casi idénticos, los bailes, risas, y continuos saltos y cambios de lugar se lo hicieron imposible; se veía una escena de alegre morbo, de libidos altas, de miradas lascivas, intentaban bailar un vals a tres con música étnica griega, el resultado era cómico y divertido. Pero André no estaba. Salió por la puerta trasera y rodeando la gran piscina, entro a la zona de la gran mesa donde todos se divertían, ninguno se oculto tras la máscara. Svara fue agachándose mientras se acercaba, buscando la sombra y refugio de los arboles, vio a sus clientes follar por los rincones, vio a uno de ellos, que con su cara quedaba totalmente sumergido en la almeja de su diosa, y gateaba cuando ella se alejaba, para volver a chupar un coño enorme que solo se veía cuando apartaba las carnes de sus muslos y las subía a su lugar; la luz tenue de los farolas de fuego y los centros de brasas que alumbraban todo la zona hicieron brillar la cara llena de flujo y saliva, cuando repentinamente, su otra diosa lo agarro como a un perrito levantándolo del suelo, en brazos lo llevo a la sombra. La otra lo seguía, lo desnudaron, chupándolo entero, parecía que no iba a poder continuar, cuando las dos se pusieron en pie y comenzaron a desnudarse, se corrió. Eran realmente bellísimas, sus carnes como orzas caían entre los muslos y las axilas, y sus cinturas de grasa tapaban el coño y el culo; eran verdaderamente dos diosas.
 Continuó agachada, y buscó entre las sombras de los arboles, entonces vio un vestido moverse; allí estaban. Se alejó bastante entre el jardín y los arboles para tomar una perspectiva desde detrás de ellos, consideró que quedaba más oculta. Sí, ahí estaba. Las dos mujeres continuaban vestidas, pero las había puesto a cuatro patas, las puso pegadas pero mirando cada una al culo de la otra, así no se podían mirar, ellas se resentían de las rodillas y muñecas, no estaban cómodas, aun así, el les ordenaba permanecer en esa postura. Entonces comenzó a hacer círculos andando alrededor de ellas, levanto sus vestidos dejando el culo al descubierto, y se agachaba para besarlas y sacar sus pechos como melones del vestido, se detuvo dio unos pasos hacia atrás, las miró y se saco la polla. Era tan flaca y larga como él, pero dura como un látigo, dobló sus rodillas tras la diosa verde esmeralda y manoseó el gran culo que tenía enfrente, lo abría y cerraba para disfrutar del movimiento que le regalaban los labios mayores, enormes más que mayores, le dio palmaditas en el coño sujetando con la otra mano las carnes del culo que se le venían encima, y las mordía y lamia con desatino. La penetró, suave, en esos momentos la diosa empezó a gemir, Svara continuaba acostada bajo el árbol observándolo todo con atención. Cuando había terminado con esta se giraba y hacia lo mismo con el culo de la otra. Al tener las dos, su visión sobre el culo de la otra, todo lo que estaba disfrutando su compañera diosa, lo veía la que esperaba, y acto seguido, la otra vio lo que le hacía a su compañera, y anteriormente le había hecho a ella. Se acostó en el suelo y les ordenó que se restregaran con él, que rodaran por el suelo con sus cuerpos desnudos. Los tres, haciendo un puzzle de cuerpos se besaban lamían, y follaban. Svara no parpadeaba, pero eso no era lo peor; sin querer estornudó. Lo hizo una vez, y otra, y así hasta cuatro. Sabía que se había delatado, escuchó los pasos que se acercaban, como crujían las hojas del suelo y la tierra, fue gateando hacia el otro árbol más lejano, pero sintió que el ruido del mismo suelo que delataba a André también lo hacía con ella.   
 Se escondió sentada tras el único árbol que pudo, y esperó. Escuchó. Y al mirar entre las ramas pudo ver que se alejaba de ella buscando en otra dirección. Poco tiempo, regresó junto a sus diosas y las llevó a la casa. Entonces Svara al fin salió. Volvió a rodear todos los arboles del jardín, para salir por la entrada de la piscina y la gran mesa por la que entró. Se recompuso, y cuando subió las escaleras de la mansión, estaban los ocho sonrientes esperándola.
Una vez en el autobús, Svara volvió a coger el micrófono;
-          Hola, buenos días a todos... está amaneciendo
-          ¡Hola! ¡Buenos días!- respondieron todos al unisonó.
-          ¿Cómo estáis?
-          Muy bien, nos encontramos divinamente Svara, gracias por esto, tendrías que haberlo visto, ha sido sensacional – Respondió André desde la fila tres.
-          Sí, estoy convencida de ello.
 Cortó la conversación, pues no creía mucho en las casualidades y aquella respuesta parecía que tenía una doble intencionalidad.
-          Bien, ahora está amaneciendo y tenemos tan solo una hora de viaje hasta el hotel que hemos reservado. Dormiremos hasta medio día, quien lo desee puede levantarse antes, desayunar, comer o hacer lo que le plazca, pero a las 16 p.m. salimos  de allí. Mañana tomaremos café con unas chicas preciosas que os esperan, y... hasta ahí puedo leer. – bromeo Svara- es una sorpresa.  Buen viaje a todos - y volvió a cerrar el micrófono.
Los pasajeros echaron sus cortinas y empezaron a reclinarse en sus asientos, el televisor daba las noticias 24 horas de una ola de frio en estados unidos, pero en ese autobús, todos iban calentitos de los abrazos y revolcones con sus gordas.
Svara soñaba con una cama, con poder cerrar los ojos unas cuantas horas seguidas, el paseo a la intemperie en el jardín le había helado hasta los tímpanos, se sentía cansada, abatida, destrozada.
 Cada uno tomó sus llaves en recepción y desaparecieron unas horas, las que aprovecho Svara para descansar.
A las cuatro en punto de la tarde ya esperaban en el autobús.
-          Buenas tardes, bienvenidos de nuevo a este tour de placer y fantasía, espero que hayáis descansado bien...
-          Sí, perfectamente, el hotel estaba muy bien ... – respondió el gordo de la quinta fila
-          Sí, realmente sí, he descansado bien y la comida del buffet libre deliciosa... - respondió otro flaco.
-          Me alegro muchísimo de que haya sido satisfactorio el hotel que hemos elegido, es la primera vez que reservamos en él, vamos cambiando para levantar las menores dudas, o sospechas. Vamos a entrar en Alicante, otra de las provincias de la comunidad autónoma valenciana en donde nos esperan otras diosas que os ofrecerán un espectáculo mientras tomáis café y alguna copa si queréis. ¡Von Voyage!
 Esta vez el autobús de la fantasía se dirigió a las afueras de Alicante-ciudad, a un dúplex independiente semiamueblado alquilado expresamente para el encargo de Antonio a su colaborador de la zona. En el gran comedor de 60 m² se había instalado una plataforma giratoria redonda de unos tres metros de diámetro, a la que se le inflaba un colchón del mismo tamaño para los espectáculos y que después fácilmente se recogía. Alrededor de ésta, sillones orejeros individuales para los ocho invitados de ese día.
 En esta ocasión todos se pusieron la máscara, era habitual este comportamiento, pues la noche es lujuria, es secreto, es prohibido, y la luz del día significaba su realidad, por esto en los espectáculos que se hacían de día, casi todos llevaban algún tipo de antifaz, careta o mascara. Entraron en silencio al salón y las siete persianas de aluminio grandes comenzaron a cerrarse a la vez, todos tomaron asiento y esperaron. Dos gordas enormes aparecieron por la puerta de doble hoja del salón, un foco las iluminaba, las llevaban de la mano dos hombres a cada una para ayudarlas a subir a la cama, incluso a andar con esos taconazos de 15 cm, pesaban más de 150 kilos por pieza.
 Una vez ya estaban sentadas en el colchón redondo y seguras, este comenzó a girar y una música agradable y sensual envolvió la estancia de morbo, saludaban y ellos les respondían con la mano, era una escena un poco surrealista; ocho enmascarados sentados en sillones con grandes orejeras de terciopelo rojo y azul cobalto y maderas doradas, y dos gordas enormes maquilladísimas con unas pestañas postizas tan grandes como ellas dando vueltas como un tío-vivo; para ellos era tan excitante que ni se movían, estaban hipnotizados con estas dos bellezas que tenían delante.
 Bas & Bus, eran profesionales del striptease, dos inglesas de unos veintitantos que comían y comían por exigencias de su guion. Tan bien les iba en Inglaterra, que saltaron fronteras y ya se las conocía en toda Europa, cada vez más gordas, morbosas y bellas. Una noche en Liverpool protagonizaron un espectáculo gratis de sexo público, fueron grabadas por decenas de teléfonos móviles, y en una semana habían reventado por las visitas que tuvo su video; medio millón de visitas en siete días, esto germinó como idea y lo pusieron en práctica. Comenzaron a cobrar por sus espectáculos, y los garitos de ambiente las llamaban para promocionar sus fiestas; triunfaron. Ahora eran dos diosas grasientas y felices que ganaban dinero a mansalva.
 Bas tenía un cabello corto rojo furia con un corte desigual, que la hacía agresiva y sus ojos con lentillas de un color azul claro casi blanco la hacían más poderosa, por el contrario, Bus, llevaba una rubia melena hasta la cintura repleta de tirabuzones que salían de una cola alta desde su coronilla. Era una princesa gorda. La cama aminoró la velocidad, y ambas se estiraron para tocarse, alargando el brazo, realizaban movimientos idénticos y posturas tan a secuencia exacta, que parecía que se miraran en un espejo; ambas hacían incluso los mismos gestos. Tiraron de sus manos y al acercarse se besaron, iban haciéndolo despacio, saboreando sus lenguas y acariciándose los pezones. Cuando Bus sacó una teta del tamaño de un melón de agua, todos se acomodaron en sus sillones. Realizaban un movimiento tan minuciosamente ensayado y sensual, que los ocho hombres ni se miraban, habían perdido la noción de estar acompañados, cada uno volaba con su fantasía hacia las diosas que tenia frente a él.
 Se enfrentaron ambas con las piernas abiertas, y sentadas las encajaron, buscaban en cada movimiento de acercamiento acortar la distancia de sus grasos coños, enormes, abultados, coños de veinte años del tamaño de una berenjena, rosáceos, con vulvas enormes que babeaban a la espera de lo que tantas veces ya habían disfrutado.  
 Pidiéndoles a los clientes que colaboraran y fueron llamados; unos a ayudarlas a quitarse un sujetador de pedrería que pesaba un quintal, otros a moverlas hacia adelante para poder unir sus almejas, sus vieiras mejor dicho.   
 Para ellos, la posibilidad de acercarse remotamente a estas mujeres era impensable, estas artistas no follaban ni admitían que se les acercaran mientras hacían su espectáculo, y ahora, estaban rozando las pieles de las fotografías que tantas veces habían visto en internet, en la página web de bas & bus, habían unas 7.500 fotografías y más de mil videos de estas estrellas del porno lésbico en vivo, y ellos estaban ahí, por esto se decía que Bussex tenía una buenísima calidad precio, que quien iba una vez a un tour preparado por Antonio, repetía. Mas tarde o temprano, volvían.
 El perfume de sus diosas quedó impregnado en sus manos, para ellos significaba la ambrosia de los dioses, y mientras las diosas se deshacían en gemidos, besos y restregones de almeja, ellos, sin mirarse el uno al otro, sacaron sus ocho pollas y se masturbaron en silencio, volando por paraísos de sexo y pasión, acompañados por sus gordas.
Mientras, Svara llamaba por teléfono a Elena y charlaba casi una hora. En el autobús bien caliente y confortable esperaba a sus clientes para regresar a Madrid, afortunadamente había acabado el tour y sólo le quedaba la vuelta de su ruta. Tenía unas ganas inmensas de tomar esos dos días libres y no levantarse del sofá de la Sra. Andersen.